Archivo mensual: marzo 2012

Huelga justificar la huelga

Asumo que este es un gobierno con (relativa) buena voluntad: voluntad de generar un cierto bien común reconocible por una amplia parte de la sociedad (tienen 10,5 millones de votantes).  La prioridad, se canta por los cuatro costados de la España una, grande y libre, es el desempleo. El gobierno confía en los grandes capitales patrios, en su capacidad para mover y enardecer la economía y con ello, muy secundariamente, generar un bienestar colateral y pírrico: lo que venimos a llamar empleo… pero ¿con qué calidad laboral? ¿a cambio de qué se comprometeran los capitales patrios en nuestra economía?

El gobierno español salido del 20N (irónico este ZP con la fecha elegida) tiene claro su objetivo: quiere implicar al 80% del capital español, en manos de cuatro gatos(azos), en el crecimiento económico a fuerza de rendir el estado a sus pies: el estado de Rajoy, y estado de todos y todas los y las demás. La reforma laboral es la primera bula emitida: el gobierno del PP se queda al borde del derecho de pernada en las concesiones a la patronal; ¿esto genera empleo? Obviamente no,  la postura es indefendible, pero son los sillares del incremento de la inversión privada (insistimos que la medida es eficiente porque el dinero está en manos de unos muy pocos): una mano de obra devaluada, sin derechos, genera mayor beneficio al inversor (aquello que parece no importar a nadie que Marx llamaba plusvalía).

Una vez generado el ambiente propicio para la inversión, la reforma laboral, el siguiente paso es definir esa inversión: al estado no le quedan grandes petroleras ni acerías, no le pertenecen ya apenas medios de transporte ni eléctricas ni telefónicas; ¿qué puede ceder el estado para la privatización y la inversión? Efectivamente, lo que queda: la sanidad y la educación. Obvios son los ejemplos de las que son liebres en este sentido: las comunidades de Madrid y Valencia, los ensayos liberales que llevan años en marcha. Claramente escondidos bajos las alas de un estado central que lo cubre todo, la privatización parcial del bienestar social en estas comunidades es lo más ineficiente que se pueda imaginar (más caro y con peores resultados), pero eso sí: un pingüe beneficio para los y las implicadas.

Y sin embargo toda la estrategia de Rajoy está confiada al patriotismo de los capitales privados; el gobierno del PP vende a sus trabajadores y trabajadoras, regresa al franquismo (cuando no a Fernando VII) en términos de derecho laboral, confiando en algo tan exiguo, tan inasible, tan falso como el patriotismo de los y las que no tienen más patria que el crecimiento de su capital. No es que sea absurdo, es que hay demostración histórica de que eso nunca ha funcionado: el dinero no tiene patria. Con una preocupación adjunta: los pasos que se den atrás serán muy difíciles de recuperar; algunos nunca.

Como digo, la reforma laboral es el ambiente para el estímulo inversor y desarticulador del bienestar, es la primera prebenda a los capitales (también lo fue la reforma de julio de 2010, esa vez del gobierno PSOE), y por tanto es el primer escalón para la destrucción y adelgazamiento del estado tal y como lo hemos conocido en la España que decíamos copia de las socialdemocracias europeas.

Y dicho esto ¿no huelgan las justificaciones de la huelga general del 29 de marzo de 2012?

Porqué no me ha gustado “Shutter Island”

Para empezar, y sin haber visto aún “Hugo”, Scorsese se desvirtúa cuando se sale de su genial línea de gangsters, tipos duros, poliédricos, adorables y desagradables, negocios sucios, … No es que no sepa hacer otras cosas, que sí sabe: es que esas las hace como nadie.

Así, “Shutter Island” es una tolerable incursión en el cine de “enfermedades mentales”, pero se parece más a la despreciable novela de Luca de Tena, “Los reglones torcidos de dios“, que a otros ejercicios sobre el género mucho mejor conseguidos como “Spider” (2002) de Cronenberg, o la excesivamente reconocida, pero no por ella menos lograda, “Una mente maravillosa” (2001) de Ron Howard.

Cierto, cierto, la novela de Luca de Tena es infumable y la peli de Scorsese es bastante potable; la novela es un alegato en contra de la psiquiatría moderna parapetado en conceptos, no decimonónicos, sino muy anteriores, con una protagonista pedante, muy mal elaborada, elitista, creada con la pretensión de ser simpática al lector y que en mi caso logra justo lo contrario: el deseo de cuanto mal pueda acontecerle a la tal Alice Gould. Por el contrario, el psiquiatra progre, creyente de la farmacología antipsicótica y los tratamientos más humanos, es retratado en “Los reglones torcidos de dios” como un peligroso subversivo. En fin, novela rancia, muy, muy mal envejecida y nada recomendable.

Y ese tufo de rancio tiene “Shutter Island“, con ciertas distancias. La forma de definir la enfermedad psicótica como algo perfectamente coherente, con alucionaciones y psicosis tan perfectas y retorcidas es muy de neófitos en el tema. No queda claro si está contada en primera o en tercera persona. Los recuerdos vuelven constantemente para incidir en la trama alucinatoria. Recuerda en cierto modo también a la peli de Hitchcock, en la que casi daba vergüenza ajena esa asociación entre el color y los recuerdos, “Marnie, la ladrona” (1964).

Concluyo: la verdad es que, generalizando, (y salvadas las dos menciones de arriba, especialmente “Spider“) el retrato en el cine de las enfermedades mentales es terriblemente estereotipado y con muy poca capacidad de comunicar la realidad de los y las enfermas, hasta el punto de que el cine, como en otros muchos temas, ha generado la realidad en la que creemos la mayoría. “Shutter Island” es otro ejemplo (seguramente no el peor)… y eso que no he hablado del ceño fruncido de DiCaprio.

El coño cortado: el camino de vuelta

Apurado por el retraso. Atravesar la facultad, alcanzar las taquillas, el pijama y a la planta. Aún por el inmenso pasillo de la arista sur de la facultad de medicina, los cascos y la SER en los oídos, debió ser Iñaki Gabilondo quien anunció: se acaba de fallar el premio Nobel de literatura de este año (2004) en la escritora austriaca Elfride Jelinek, autora del la obra llevada al cine “La pianista”. Sonrisa súbita de estrañeza. Desconocía a la escritora, pero me había estremecido con la película “La Pianista”  del también austriaco Michael Haneke, solo unas horas antes, la noche anterior a este anuncio. He dicho estremecido por una obra agresiva, provocadora en lo formal, usando del sexo y sus variaciones más indigeribles como punta de lanza de esa provocación. Y estremecido ahora también, por esa conspiración sin autor que unía en el tiempo mi descubrimiento de “La pianista” y el reconocimiento histórico, con el Nobel, a su autora. Aún no siendo más que un cruce de sucesos que solo para mí tenían conexión, me fue inevitable la sensación de que el universo me hacía un guiño.

Pero, si perturbadora era esa pianista autobiográfica de Jelinek, el gran descubrimiento de aquella casualidad, no fue la austriaca sino su adaptador cinematrográfico: el magnífico Michael Haneke.

La forma anárquica con que fui descubriendo el cine me llevó años después al mil veces rehuído Bergman y sus “Gritos y susurros”. La descripción de un corsé moral asfixiante, la violencia implícita de las formas educadas, el miedo a tanta oscuridad encerrada en habitaciones inmensas, en vestidos barrocos, en los susurros moralizantes y los gritos desinhibidos. Cuanto debe “La cinta blanca” de Haneke a este antecedente bergmaniano. Y la personaje más rígida, más taimadamente violenta, se hace antecedente de “la pianista” con su morbosa masturbación con cristales, su automutilación genital pre-excitación, su sacrificio de piel, mucosas y dolor en aras del bien superior sexual, su coño cortado que repetiría en la película de Haneke Isabelle Huppert.

Bergman ya lo había hecho, y Haneke parece sólo un (buen) imitador. Ya nos había escandalizado a través de la transgresión sexual en los límites del corsé protestante… aunque es posible, que como yo, se descubra antes la influencia que la fuente.