El coño cortado: el camino de vuelta

Apurado por el retraso. Atravesar la facultad, alcanzar las taquillas, el pijama y a la planta. Aún por el inmenso pasillo de la arista sur de la facultad de medicina, los cascos y la SER en los oídos, debió ser Iñaki Gabilondo quien anunció: se acaba de fallar el premio Nobel de literatura de este año (2004) en la escritora austriaca Elfride Jelinek, autora del la obra llevada al cine “La pianista”. Sonrisa súbita de estrañeza. Desconocía a la escritora, pero me había estremecido con la película “La Pianista”  del también austriaco Michael Haneke, solo unas horas antes, la noche anterior a este anuncio. He dicho estremecido por una obra agresiva, provocadora en lo formal, usando del sexo y sus variaciones más indigeribles como punta de lanza de esa provocación. Y estremecido ahora también, por esa conspiración sin autor que unía en el tiempo mi descubrimiento de “La pianista” y el reconocimiento histórico, con el Nobel, a su autora. Aún no siendo más que un cruce de sucesos que solo para mí tenían conexión, me fue inevitable la sensación de que el universo me hacía un guiño.

Pero, si perturbadora era esa pianista autobiográfica de Jelinek, el gran descubrimiento de aquella casualidad, no fue la austriaca sino su adaptador cinematrográfico: el magnífico Michael Haneke.

La forma anárquica con que fui descubriendo el cine me llevó años después al mil veces rehuído Bergman y sus “Gritos y susurros”. La descripción de un corsé moral asfixiante, la violencia implícita de las formas educadas, el miedo a tanta oscuridad encerrada en habitaciones inmensas, en vestidos barrocos, en los susurros moralizantes y los gritos desinhibidos. Cuanto debe “La cinta blanca” de Haneke a este antecedente bergmaniano. Y la personaje más rígida, más taimadamente violenta, se hace antecedente de “la pianista” con su morbosa masturbación con cristales, su automutilación genital pre-excitación, su sacrificio de piel, mucosas y dolor en aras del bien superior sexual, su coño cortado que repetiría en la película de Haneke Isabelle Huppert.

Bergman ya lo había hecho, y Haneke parece sólo un (buen) imitador. Ya nos había escandalizado a través de la transgresión sexual en los límites del corsé protestante… aunque es posible, que como yo, se descubra antes la influencia que la fuente.

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