Archivo mensual: abril 2012

Desenroscando la corona: paciencia

El rey no tiene corona, 
que la tiene de papel, 
que la que tenía de oro 
se la quitó Berenguer. 
El rey no tiene corona, 
que la tiene de cartón, 
que la corona de España 
no la lleva ningún ladrón.

(Texto para el Himno de Riego)

Me lo contó un amigo hace un tiempo. Sentado en un banco de la plaza Bib-rambla, amodorrado por el sol primaveral, contemplaba una manifestación por una pronta III República en España. Una estadounidense sentada a su lado, con la arrogante presunción que les es propia a los anglosajones de que todos hablamos (deberíamos hablar) inglés, se dirigió a él sin ningún esfuerzo lingüístico: “What happen?”; mi amigo contestó “They are republicans”, a lo que ella repuso “ah!, like Bush?”; mi amigo pensó en una larga explicación sobre la monarquía, los borbones, la II República, la guerra civil, el franquismo, la restauración borbónica en la figura de Juan Carlos I… “uff”, sopesó su bagaje de inglés de instituto, se encogió de hombros con una media sonrisa y atajó “yes, like Bush”.

Las anécdotas recientes del encojado Froilán, más bien una negligencia familiar, y de la caza de elefantes en Botsuana de Juan Carlos, un regio capricho lamentable y criticable, no dejan de ser eso: anécdotas sin demasiada importancia. Lo que sí tiene importancia y es además lo que ha dado brillo a estas anécdotas, son los desmanes del yerno de Juan Carlos, Iñaki Urdangarín. La supuesta trama organizada por Urdangarín para su (sucio) lucro a costa del dinero público en la que es muy difícil tamizar las implicaciones directas de la esposa y el mismísimo suegro trae a la actualidad un asunto difícilmente olvidable por el pueblo español: la corona está cogida con pinzas.

Los borbones son una dinastía con muchísimas mas sombras que luces, así, considerada de forma general; si tomamos a los de los dos últimos siglos (Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII y su dinastía paralela carlista) no hay más que traiciones, desmanes, y bajezas varias que se han granjeado los desprecios de los españoles y las españolas (y toda hipanoamérica cuando aún era España) de forma casi genética. Si a eso sumamos que el último borbón, el reinante Juan Carlos I, volvió al trono merced al dedazo y la tutela (y tutía) del dictador franco, la monarquía en España debe estar en continuo examen, pese a su condición de mero ornamento representativo.

El “affaire” Urdangarín replantea nuevamente la utilidad y necesidad de la corona, quizá más profundamente que nunca. Que no hay mucho que replantearse: todos y todas sabemos que la corona es completamente inútil, innecesaria, cara, antidemocrática, ilógica, irracional, etc… y su persistencia entra en gran medida en la inercia del “virgencita que me quede como estoy” de una España y unos españoles y unas españolas temerosos y temerosas de un pasado cruel y violento en aquellos periodos en que nos hemos sacudido esta corona llena de afiladas espinas borbónicas.

Los antecedentes de liberación del yugo borbón en la independencia de los pueblos americanos, y durante el “trienio liberal” de Riego y la II República (en gran medida también en la I República), así como las luchas dinásticas del s. XIX entre isabelistas (y descendientes) y carlistas (tres guerras carlistas) se ahogaron en la sangre de cientos de miles de hombres y mujeres del pueblo español; sangre que apuntamos pacientemente en la cuenta de los borbones y que debiera lubricar la corona para ir desenroscándola.

El cándido de Auster o Un Tom Effing llamado Caballo

Terminado El palacio de la luna; difícil comentario sin generar la idea de culebrón venezolano. La trama en primer plano, los lazos genealógicos, son tan sorprendentes como inútiles para explicar el esqueleto del texto. Tanto es así, que ese cúmulo de casualidades inauditas, apenas toman importancia para los personajes, como tampoco parece hacerlo para el propio Auster. Es como si esa conspiración universal que une a los personajes, fuese solo eso, una casualidad sin autoridad sobre el resto del texto.

Fogg está al otro lado del espejo en el que se mira Holden Caulfield, protagonista de El guardián entre en centeno. Ambos son urbanitas desarraigados, desahuciados, ahogados en la indiferencia de la ciudad monstruosa; pero mientras Caulfield es un personaje antipático, destructivo para él y cuanto le rodea, Fogg es indiferente, invisible, no busca su lugar en el mundo, no desea el daño, ni siquiera el propio. Y es el viejo Effing quien encierra parte de ese emponzoñamiento que luce Caulfield. Fogg recorre su propio camino iniciático sin intenciones, sin necesidades, siguiendo los pasos de Effing y los deseos de Solomon, y culminando el trayecto de La carretera en las aguas del Pacífico, con unas expectativas quizá tan apocalípticas como las del personaje de Cormac McCarthy.

En la desgracia de mi pensamiento cinematográfico que todo lo hace simétrico a cuanto visto en películas, no puedo evitar poner rostro a los personajes. Cuando Fogg conoce a Effing, éste empezó teniendo el rostro y el cuerpo del osteogénico imperfecto Dufayel (Serge Merlin) en Amelie, quién, quizá, era a su vez un remedo del Renoir artrítico, que un retruécano de Jeunet, trata de imitar hasta el infinito. Pero Effing cuenta su historia, su aventura inciática que acabó con su inocencia y hasta con su personalidad, a modo del Cándido de Voltaire. Su incursión en los desiertos de Utah en busca de un objeto para sus lienzos lo convierten en un símil de los pioneros del Far West, y toma los rasgos del adinerado Richard Harris que acaba siendo un caballo en el seno de una tribu india en Un hombre llamado Caballo.

Una historia que podría haber hecho las delicias de un guión de telenovela, no es sino la piel más fina de un grupo de personajes abandonados por la memoria. Fogg es el mejor ejemplo de un paria alienado, incapaz para la revolución, empeñado en su invisibilidad, en pasar sin mover nada.