El cándido de Auster o Un Tom Effing llamado Caballo

Terminado El palacio de la luna; difícil comentario sin generar la idea de culebrón venezolano. La trama en primer plano, los lazos genealógicos, son tan sorprendentes como inútiles para explicar el esqueleto del texto. Tanto es así, que ese cúmulo de casualidades inauditas, apenas toman importancia para los personajes, como tampoco parece hacerlo para el propio Auster. Es como si esa conspiración universal que une a los personajes, fuese solo eso, una casualidad sin autoridad sobre el resto del texto.

Fogg está al otro lado del espejo en el que se mira Holden Caulfield, protagonista de El guardián entre en centeno. Ambos son urbanitas desarraigados, desahuciados, ahogados en la indiferencia de la ciudad monstruosa; pero mientras Caulfield es un personaje antipático, destructivo para él y cuanto le rodea, Fogg es indiferente, invisible, no busca su lugar en el mundo, no desea el daño, ni siquiera el propio. Y es el viejo Effing quien encierra parte de ese emponzoñamiento que luce Caulfield. Fogg recorre su propio camino iniciático sin intenciones, sin necesidades, siguiendo los pasos de Effing y los deseos de Solomon, y culminando el trayecto de La carretera en las aguas del Pacífico, con unas expectativas quizá tan apocalípticas como las del personaje de Cormac McCarthy.

En la desgracia de mi pensamiento cinematográfico que todo lo hace simétrico a cuanto visto en películas, no puedo evitar poner rostro a los personajes. Cuando Fogg conoce a Effing, éste empezó teniendo el rostro y el cuerpo del osteogénico imperfecto Dufayel (Serge Merlin) en Amelie, quién, quizá, era a su vez un remedo del Renoir artrítico, que un retruécano de Jeunet, trata de imitar hasta el infinito. Pero Effing cuenta su historia, su aventura inciática que acabó con su inocencia y hasta con su personalidad, a modo del Cándido de Voltaire. Su incursión en los desiertos de Utah en busca de un objeto para sus lienzos lo convierten en un símil de los pioneros del Far West, y toma los rasgos del adinerado Richard Harris que acaba siendo un caballo en el seno de una tribu india en Un hombre llamado Caballo.

Una historia que podría haber hecho las delicias de un guión de telenovela, no es sino la piel más fina de un grupo de personajes abandonados por la memoria. Fogg es el mejor ejemplo de un paria alienado, incapaz para la revolución, empeñado en su invisibilidad, en pasar sin mover nada.

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