Archivo mensual: junio 2012

Desenroscando la corona (II): ¿pluralidad de identidad… de qué?

La corona española y la bórbonica sien que la sustenta desde hace 300 años, tiene muchas más sombras que luces en su relación con el pueblo español. Los antecedentes de idiocia, crueldad e inutilidad, independientemente de los contextos históricos, lastran el currículo de la dinastía en el trono español y de las Américas y eso solo fijando el foco  en la gestión y desviándolo de la discusión de la monarquía como forma de gobierno. La corona, pese a su deriva democrática en el último cuarto del s. XX, y su amplia aceptación hasta hace bien poco por el pueblo español, está en un equilibrio inestable sensible ante una mínima transgresión.

Y una prueba de la endeblez borbónica en el trono de las Españas la pone de manifiesto la propia prensa monárquica a través de una defensa (de lo indefendible) que avergonzaría a un prescolar. Cuando ante los desmanes borbónicos de los últimos meses, sea el supuesto fraude de un yerno, la supuesta negligencia familiar del otro o el capricho africano y extemporáneo del mismo monarca, la prensa y la intelectualidad monárquicas (¿oxímoron?) justifican al Borbón a través del proselitismo pseudoantropológico de la monarquía, se empiezan a escuchar cada vez más próximos los estertores del trono. Proselitismo pseudoantropológico que, dicho sea de paso, haría vomitar no solo a Malinowski sino a cualquiera con dos (o menos) dedos de luz.

Y la prensa monárquica dice que cinco son los argumentos, cinco las “razones por las que la Monarquía es un sistema mejor”, y el autor, y la cabecera que lo publica, ABC, lo escupen en papel y se quedan tan a gusto. Analicemos uno a uno:

Primera razón: La monarquía representa la pluralidad de identidad y la constante renovación dentro de la continuidad. El autor defiende la figura del rey como unificador de las Españas, y el pedigrí de su sangre y sus títulos nobiliarios como aval de dicha unión, mientras denigra la alternancia de partidos (e ideas y gestiones) en el poder por su carácter transitorio. Esto entraña una contradicción: precisamente la monarquía encarna ese inmovilismo con carácter fuertemente nacional-católico contra el que luchan la mayor parte del espectro ideológico español: autonomistas, nacionalistas, federalistas, comunistas, socialistas, etc; en realidad no representa más que a una sensibilidad: al conservadurismo nacional-católico y monárquico español con una parte de la socialdemocracia más pragmática y asida al poder. En gran medida el monarca es más un motivo de distancia que de acercamiento. Y puestos a promover el inmovilismo: ¿por qué no mejor otro franco que nos mantenga a todos y todas juntitos bajo manu militari?

Señores monárquicos del ABC ¿dónde estaba esa pluralidad de identidad de la corona cuando la verdadera desintegración de España con la independencia (traumática) del 95% del territorio español al principio del s. XIX? ¿Dónde estaba esa pluralidad de identidad de la corona cuando en 1931 la mayoría de las facciones políticas del país encontraron en el rey el origen de todos los problemas?

Caridad o impuestos

Las reformas sanitarias del primer trimestre de 2012 en España ejecutadas por el gobierno liberal-conservador (según a quién se pregunte) del Partido Popular y que están dirigidas a un ahorro de más de 6.000 millones de euros en este servicio público respecto a su prestación en años previos, determinan la exclusión de las personas extrañas sin pedigrí, las diferentes sin capital, las extranjeras pobres, las inmigrantes ilegalizadas (ser inmigrante no puede ser ilegal per se, debe haber una sociedad que los ilegalice), las pa(de)cientes VIH, las VHC, las tratadas con fármacos caros(ísimos): las parias.

Como solución al desaguisado de este descubierto sanitario sobre las personas miserables de España, la ministra del ramo, Ana Mato, tuvo la ocurrencia de mentar el uso de recursos paraadministrativos: las ONGs. Según Mato, deben ser las ONGs las que vehiculicen ayudas informales a estas desheredadas, las que suplan lo que antes era un servicio formal de una sociedad hacia las (sus) personas enfermas. Así, las ONGs se convierten por mención de la ministra en el canal de la caridad. La caridad es la pseudosolidaridad de las clases ricas: desde el esplendor su atalaya de poder, ceden aquello que les sobra por el bienestar de sus conciencias. Pero la caridad perpetúa la desigualdad, es el emblema de la diferencia de clases y es la única forma de reconciliación (¿redistribución?) que aceptan los ricos para con los parias.

La ministra y el gobierno liberal-conservador (según quien se defina) del que forma parte, consiguen de esta manera, premeditadamente, destruir un derecho, la salud, y un servicio, la asistencia sanitaria universal. Si grave es la supresión del derecho a la salud que hasta ahora disfrutábamos casi todos independientemente de cualquier otro condicionante (edad, origen, sexo, género, antecedentes, recursos, etc), más grave es perder el servicio, perder esa asistencia sanitaria universal que hasta ahora garantizaba el derecho a la salud.

Dice la ministra que para hacer sostenible el sistema sanitario habrá que excluir a los que menos aportan (inmigrantes pobres) y habrán de (re)copagar los que más gasten (las personas más enfermas), en mayor medida las que más tienen (pagarán más las más enfermas que más tengan). ¿Redistribución de la riqueza? ¿Una medida de izquierdas? Ni muchísimo menos, pero es fácil caer en esa trampa.

Primero: que copaguen más las personas ricas significa que no todos y todas accedemos en igualdad de condiciones a la sanidad (o la educación si se da el caso). Si la persona rica tiene que pagar más por un servicio que, digámoslo así, no es VIP, por el mismo precio puede pagárselo en el ámbito de la sanidad privada. Y cuando la rica abandona el sistema público se pierde la presión que ejerce a favor de un sistema público vanguardista, actualizado y de calidad. De ahí a un sistema público de beneficiencia el paso es extremadamente corto: cuestión de poco tiempo.

Segundo: la redistribución de la riqueza se realiza a través de los impuestos directos sobre las rentas y las posesiones, y son esos impuestos los que financian un derecho como la sanidad. Aquí se implica la solidaridad de una sociedad que considera que sus enfermos no deben pagar más por la lacra de su enfermedad. Sin embargo, cuando se implica a los enfermos en la financiación de su tratamiento a través del (re)copago rompemos ese pacto de solidaridad y no redistribuimos la riqueza sino el egoísmo.

El derecho social inalienable a la salud convertido en la caridad de los pudientes: como en Plácido, “ponga un pobre en su mesa”. El sistema de salud desuniversalizado (y disfrazado de redistribución de la riqueza) a través de copagos en servicios fundamentales tiene un solo destino, que además es premeditado: la privatización encubierta a través de la promoción en las personas adineradas de la migración del sistema público a los privados.