Archivo mensual: octubre 2012

La miseria de una nación

Hay dos formas habituales de comenzar a hablar de la película de David W. Griffith de 1915 “El nacimiento de una nación“:
una es “La película de Griffith es la primera obra de la historia del cine que cuenta una historia de forma coherente y marca el inicio del lenguaje cinematográfico a través de los primeros planos, los flashback, los planos amplios de batallas épicas, etc… pese a ser una película racista y proselitista del Ku Kux Klan”
la otra es “La película de Griffith es una apología del racismo, del clasismo, una falsificacion historica malintencionada, un ejemplo de la peor cara que los Estados Unidos podrian dar de si mismos, su conciliación y su reestructuración 50 años después de su guerra civil… pese a lo cual, es uno de los primeros hitos en la historia del cine que no se podría explicar sin ella”.

De “El nacimiento de una nación” a mi me encantan las escenas de Lincoln decidiendo sobre la guerra -muy bien tratado por Griffith pese a su fuerte sesgo sudista-: un hombre triste entregado a una circunstancias de guerra que detesta; me encanta la forma en que, sin referentes cinematográficos, elabora una historia de guerra a través de dos familias amigas y separadas posteriormente por la confrontación; me encanta la recreación del asesinato de Lincoln y me gusta recibir una historia, aunque sesgada y falsificada, que contradice y a veces complementa, la versión oficial: es como leer a Foxá -falangista de tomo y lomo- sobre la II República española y la guerra civil para confrontar ideas preconcebidas. Griffith muestra los supuestos agravios que la posguerra y los gobiernos republicanos radicales trajeron al Sur hasta reforzar el desprecio por el Norte y los afroamericanos que, como demuestra el director, perdura 50 años después. Cuando Griffith dirige la película aún hay ancianos que lucharon en la guerra. El propio Griffith se debió criar con las historias de la guerra y la posguerra de humillación para los blancos, así como la imagen beatífica de los crímenes del Ku Kux Klan.

Y por descontado “El nacimiento de una nación” es una película absolutamente racista, hasta el punto de que muy locos actores afroamericanos quisieron trabajar con él, lo que obligó a la ridiculez de que los personajes negros son blancos mal tiznados. La imagen del afroamericano, salvo si acepta su esclavitud, es de pereza, crueldad, ruindad -algo muy parecido a las imágenes que describe Foxá de los políticos de izquierda durante la II república-, llegando al extremo de que Griffith resume la situación del Sur en los años que siguen al fin de la guerra (1865) como un enfrentamiento Negro vs Blanco (y ya sabemos quienes son los buenos) y anula la confrontación Norte vs Sur. Griffith no muestra desprecio por el norte, y menos por Lincoln, aunque sí quizá por alguno de sus dirigentes radicales.

Esta parte final de la película, de los nada despreciables 218 minutos de duración total, es puramente visual, sin apenas interrupciones de texto, y es la más indigerible: los despreciables caballos y jinetes ensabanados del Klan -algunos incluso veteranos norteños- corriendo en auxilio de norteños y sureños “blancos como lirios” cercados de “hordas de negros” sedientos de sangre: Griffith da rienda suelta a toda su paranoia racista sin darse cuenta que él mismo la desacredita al figurar como negros los blancos tiznados: ¿puede haber negros esclavos y blancos esclavistas cuando la diferencia entrambos la salva un blanco tiznándose?

Revisado el elenco de la película, sorprende la presencia de actores con un futuro muy ilustre: el grandísimo John Ford -como extra- o el también gran director Raoul Walsh -como Booth, el asesino de Lincoln-. Apariciones infortunadas, por cierto que me recuerdan una sentencia que le oí a Echanove -aunque parece ser que pertenece a Simone Signoret-: “haría de fascista en una película antifascista, pero nunca haría de antifascista en una película fascista”.

El nacimiento de una Nación” es pionera e imprescindible en la forma en que entendemos el arte del cine, pero no se puede ver de forma distinta que las películas pronazis de Leni Riefenstalh.

Todos miran el dedo

Desde el pasado domingo, tras la elecciones autonómicas vascas y gallegas que depararon un triste final a las candidaturas socialistas, periódicos y tertulias de todo pelaje (aunque el pelaje predominante es el de la derecha nacional-católica) están preñados de opiniones y opinadores, cuando no pitonisos y agoreros, del futuro inmediato del PSOE.

Desde posturas muy diversas, desde la ingenuidad a la brillantez, desde la autocrítica hasta el elogio envenenado, la cúpula socialista aguanta soluciones de todo tipo sin apenas chistar, sin dar impresión de control de la situación, sin más unidad interna y transversal que el silencio. El colmo de las enmiendas se transfigura en la lastima del eterno rival: Cospedal de viva voz y González Pons (¿éste sigue en el PP?) en twitter se lamentan de la debacle socialista y llaman a una reestructuración que les devuelva un digno rival; algo así como “para ganar como en Galicia, mejor ni nos ponemos; no tiene mérito ganar a un rivlal tan demediado”. Si bien estas derrotas del PSOE en feudos derechiles no son tan recientes, y se han sucedido en los últimos 15 años sin pena por parte de ninguno de los contendientes: Valencia, Murcia, Madrid o Castilla y León renuevan mayorías absolutas del PP crisis, corrupción o sursum corda presente o no… ¿tanta pena da el PSOE al PP, o es más bien miedo al crecimiento de partidos habitualmente minoritarios a su frente, -IU, BILDU- y a su lado -UPyD, Mario Conde, Foro Asturias- que amenazan el cómodo bipartidismo y la decimonónica alternancia en el poder?

El lugar común al que todos recurrimos en estos días es la comparación con el PASOK griego, y es licito hacerlo: partido del mismo corte socialdemócrata, con vidas paralelas en las tres ultimas décadas, con un lider carismático en los ochenta, con países de implantación similares y similarmente desestructurados por la crisis. Es fácil hacer la comparación: cuidado PSOE que el PASOK ha pasado en 2 años de primera fuerza griega a ser séptima e irrelevante al borde de la desaparición. Y no esta mal la comparación, pero el PASOK lo fundó Papandreu en 1974 y puede ser que lo haya enterrado su hijo en 2011, lo que define una corta trayectoria como partido con la fuerte impresión de estar subyugado a una endogamia de la estirpe Papandrey que tiende a estancar el partido; un partido con mucho poder desde su creación, se convierte en institucional: un partido institucional -creado para gobernar- sin gobierno sufre hasta la descomposición.

Por su lado, el PSOE se fundo en 1879; ha pasado de principios marxistas a deriva socialdemócrata, ha tenido tanto ministros con la dictadura de Primo de Rivera -Largo Caballero- como próceres enfrentados a esa dictadura -Fernando de los Ríos-, gobernó durante la república, y fue tan republicano socialista -de los Ríos, Prieto-, como socialdemócrata -Besteiro-, como cuasiRevolucionario -Largo Caballero “el Lenin español-; aguantó un exilio que cambio una o dos generaciones y se adaptó a -o falseó- la transición mejor que el Partido Comunista y otros herederos de izquierda.

NO, el PSOE no es el PASOK: tanta historia pesa en miles de militantes -más o menos simpatizantes- y en un paisaje político que lo define como decano de linaje: el PSOE, por muy corrupto que haya quedado su origen, y por mucho que Pablo Iglesias escupiría sobre el engendro que es ahora su creación. Cuando son muchísimos los y las que pueden decir que su bisabuelo militó en el PSOE, es obvio que no es lo mismo que el PASOK: el peso del bagaje histórico no sólo se mide en votos.

Son estos días en que todos señalan al PSOE y todos, incluido el PSOE, absortos,  miran el dedo.