Archivo mensual: diciembre 2013

Un final made in Hollywood

Cuando finalizó la proyección del documental “Muerte solicitada” (Death on request, 1994) no se encendieron las luces como en el cine. Así, en penumbra, despegamos la mirada de la pantalla y la dirigimos, tímida, escrutadora, al foro. El habitual y espontáneo torrente de comentarios esta vez estaba seco; tanto que, no sin extrañeza, hubo que solicitarlos “¿qué os ha parecido?” Cruce de miradas acelerado. Risas entrecortadas mal disimuladas. Carraspeo para afilar la voz. Alguna lágrima tardía mal contenida a última hora. No se intuía la opinión general, pero el murmullo apuntaba desaprobación.

Se abrió el debate: “Reconoced que no os ha gustado a ninguno”. Asentimiento vehemente por una parte mezclado con disensión incrédula, pero tímida, por otra (siempre es más fácil criticar que defender). Surgieron comentarios a la tortura mental del médico protagonista, a su culpa, quizá exagerada quizá simulada, a su frialdad en el trato, con tangenciales jocosas sobre su figura triste, las indumentarias ochenteras, la calidad de la reproducción… Y una frase finalista: “esta exposición de la muerte me ha parecido incluso…” con un término definitivo “… incluso obscena”.

“Obscena”. El debate se retorció brevemente en torno a esta palabra hasta extinguirse. “Obscena”. Patética quizá, pero ¿obscena? En ningún momento me había parecido la muerte de Cees obscena, de ninguna manera se me habría ocurrido describirla así. Ya en el coche, conduciendo de vuelta a casa, el término me iba ganando, parasitando mis primeras impresiones del documental, hasta convencerme: claro, era una muerte obscena –RAE: impúdica, torpe, ofensiva al pudor-.

La primera vez que vi un partido de fútbol en el campo y tras un primer gol me decepcionó la ausencia de épica en la celebración de los jugadores: un mar de brazos en alto me tapaban una carrera de críos con abrazos y palmeos propios de un patio de colegio. Nada que ver con el deslizamiento sobre el cesped a cámara lenta del delantero con el movimiento azaroso de sus cabellos acompasado con el de las briznas de hierba apenas mojados, los abrazos infinitos, los rostros desencajados, inhumanamente angulosos… nada de eso se veía desde las gradas. Sin esa estética televisiva manipulada la celebración del gol pasaba a ser algo ridículo, patético, incluso impúdico.

Y volvemos a la obscenidad: la muerte de Cees se armó desprovista de cualquier dramatismo, épica o heroísmo, y esa es una desnudez rayana en lo obsceno. Tanto como un fofo desnudo felliniano enfrentado a uno siliconado de película pornográfica. La muerte de Kees quizá no hiere en lo ético, sino más bien en valores estéticos sublimados (y no me refiero solo al chándal del segundo médico que era gravemente hiriente).

El cine me ha acostumbrado a que la muerte, aunque sea buscada o deseada, lo sea también transcendental y heroica. Y quizá también ha alterado mi (nuestro) concepto de bien morir. Ya sea la de dioses o la de monstruos, la de héroes o villanos, la muerte cinematográfica siempre es redención: por triunfo, sufrimiento, entrega… No es obsceno Espartaco en la cruz, ni Petronio mofándose de Nerón, ni David y Contance militando hasta las últimas consecuencias, ni William Wallace gritando libertad, ni Ragnar saltando al foso –de largo mi favorito-, ni Boromir defendiendo hobbits, ni Lewt buscando a Pearl ni el malvado de Seven y su pecado capital ni Neil Perry, ni el soldado patoso ni la muy mentada muerte de Maggie a manos de Frankie.

Incluso no es obscena la muerte natural de Vito Corleone, quizá más patética que heroica, pero llena de la grandeza del hamposo que no sucumbió ante sus enemigos. Tampoco lo son la cómica crucifixión de Brian o la obsesion de Wilbur.

Todos tienen en común el consuelo estético del moribundo (y del espectador) con movimientos de cámara, enfoques novedosos, efectos de sonido, guiones lapidarios, emotivos, miradas intensas, o risas… no son muertes obscenas.

Cees muere sin dolor ni sufrimiento, sin frases lapidarias ni banda sonora, con una cámara fija en plano secuencia –no se podían repetir tomas-, sin sangre, sin llanto, sin miradas titilantes, en compañía de su esposa y de un (su) médico que apenas se permiten una mínima concesión emocional. Y deja una carta de despedida que apenas emociona a su mujer –que decir de los espectadores-.

La de Cees es una muerte tan real, sin artificios, que hiere nuestras exigencias mínimas estéticas –eso que llamamos vergüenza ajena- y se transforma en obscena. No es que no tenga un “buen morir”, que sí, es que tiene un mal guión y una mala dirección de su muerte para espectadores.