Voto en conciencia

El pasado 11 de febrero se votó en el parlamento una petición del PSOE de retirada de la nueva ley del aborto. Por supuesto, la (ingente) mayoría parlamentaria del Partido Popular la desestimó, pero la peculiaridad estribó en que el PSOE recurrió al voto secreto y llamó al “voto en conciencia” de los parlamentarios, y particularmente de las parlamentarias, del PP. Con “voto en conciencia” se quería apelar a la supuesta divergencia en el tema del aborto dentro del grupo parlamentario popular, y tratar de que la oscuridad de la urna secreta sacase a la luz dicha divergencia.

Sabido que, como dice una máxima en política (no diré que de Churchill porque internet está plagado de sus falsas citas), “mis rivales políticos me han hecho cambiar muchas veces de opinión pero nunca de voto”, el PSOE no debía dudar en absoluto de su “derrota” parlamentaria, pero intuyo que su pretensión era más poner de manifiesto la hipocresía de los diputados y diputadas populares divergentes fuera del parlamento pero seguidistas en su interior, que ganar realmente la votación.

Me vienen a la cabeza otras llamadas a este voto en el congreso en 2003 respecto a la guerra de Irak (mayoría parlamentaria del PP a favor) y en el parlament catalán respecto a los toros en 2010 o el referendum en 2014. Pero, ¿tiene sentido en nuestro régimen parlamentario, en la manera en que nos representan los cargos electos, el “voto en conciencia”? 

Lo cierto es que los diputados y las diputadas del congreso, como los parlamentario y las parlamentarias en los distintos parlamentos regionales, no representan a nadie con su conciencia. El voto a unas y otras cámaras es a lista cerradas de partidos políticos que se presentan con un programa electoral. La única relación cuasicontractual que establecemos en las elecciones es con el programa electoral y no con la conciencia de los y las que integran las listas. Desconozco cual es la conciencia (quizá quieran decir moral) de los candidatos y candidatas que voté, porque no me la dijeron; los y las voté por el programa electoral que, se puede llamar así, es una moral de mínimos, y si hubiesen llegado al poder, ese es el proyecto que hubiese querido que llevasen a cabo. No deseo que en temas sensibles como el aborto den pie a que la moral particular de cada diputado y diputada pueda desvirtuar lo que he votado en el programa electoral, salvo que ese tema sensible no viniese contemplado en el programa electoral o en lo que podemos considerar reivindicaciones ideológicas implícitas presumibles (el aborto en los programas de partidos de izquierda, por ejemplo), aunque estas presunciones son controvertidas.

Nuestro régimen político de mínima representatividad del pueblo en las cámaras tiene el mínimo representativo en la enormidad del partido y no en la personalidad del diputado o diputada. Éstos no llegan a las cámaras por voto directo sobre su proyecto y moral personales, sino como parte de un proyecto de mínimos o programa electoral y, añadamos, unos valores y principios inherentes a su ideología. Eso hace irrelevante la conciencia del diputado o diputada por no representar a la población votante: los toros en Cataluña no pueden depender de la opinión de cada parlamentario y parlamentaria sino de la postura general del partido, si no, pronúnciense parlamentarios y parlamentarias antes de las elecciones y déjennos votarlos (ábranse las listas, que ya votaré yo a aquellos y aquellas que defiendan el aborto) a las cámaras con este criterio personalista y no partidista.

La llamada al “voto en conciencia” así, fuera de otros usos, lejos de mejorar la democracia por contradecir el carácter monolítico de los partidos, es un fraude contra las normas básicas de nuestro régimen (poco)democrático. En el tema de los toros el PSC dio libertad de voto “en conciencia” a sus parlamentarios y parlamentarias: aunque con el beneplácito del partido, es el mismo fraude a la ciudadanía que no ha votado la moral (y mucho menos el gusto) de cada parlamentario y parlamentaria por la tauromaquia. No es el camino, y así lo reconoció el propio PSC castigando a aquellos que “en conciencia” votaron a favor del referendum catalán hace unos meses. La disciplina de partido no es quien anula al diputado y diputada sino las listas cerradas. Viciado el sistema de inicio, no podemos atribuir a diputados y diputadas una representatividad de la que carecen.

Hagamos más representativas nuestras cámaras con más y mejor democracia, y dejémonos de invenciones fraudulentas.

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