Archivo de la categoría: Parias por la revolución

Desenroscando la corona: paciencia

El rey no tiene corona, 
que la tiene de papel, 
que la que tenía de oro 
se la quitó Berenguer. 
El rey no tiene corona, 
que la tiene de cartón, 
que la corona de España 
no la lleva ningún ladrón.

(Texto para el Himno de Riego)

Me lo contó un amigo hace un tiempo. Sentado en un banco de la plaza Bib-rambla, amodorrado por el sol primaveral, contemplaba una manifestación por una pronta III República en España. Una estadounidense sentada a su lado, con la arrogante presunción que les es propia a los anglosajones de que todos hablamos (deberíamos hablar) inglés, se dirigió a él sin ningún esfuerzo lingüístico: “What happen?”; mi amigo contestó “They are republicans”, a lo que ella repuso “ah!, like Bush?”; mi amigo pensó en una larga explicación sobre la monarquía, los borbones, la II República, la guerra civil, el franquismo, la restauración borbónica en la figura de Juan Carlos I… “uff”, sopesó su bagaje de inglés de instituto, se encogió de hombros con una media sonrisa y atajó “yes, like Bush”.

Las anécdotas recientes del encojado Froilán, más bien una negligencia familiar, y de la caza de elefantes en Botsuana de Juan Carlos, un regio capricho lamentable y criticable, no dejan de ser eso: anécdotas sin demasiada importancia. Lo que sí tiene importancia y es además lo que ha dado brillo a estas anécdotas, son los desmanes del yerno de Juan Carlos, Iñaki Urdangarín. La supuesta trama organizada por Urdangarín para su (sucio) lucro a costa del dinero público en la que es muy difícil tamizar las implicaciones directas de la esposa y el mismísimo suegro trae a la actualidad un asunto difícilmente olvidable por el pueblo español: la corona está cogida con pinzas.

Los borbones son una dinastía con muchísimas mas sombras que luces, así, considerada de forma general; si tomamos a los de los dos últimos siglos (Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII y su dinastía paralela carlista) no hay más que traiciones, desmanes, y bajezas varias que se han granjeado los desprecios de los españoles y las españolas (y toda hipanoamérica cuando aún era España) de forma casi genética. Si a eso sumamos que el último borbón, el reinante Juan Carlos I, volvió al trono merced al dedazo y la tutela (y tutía) del dictador franco, la monarquía en España debe estar en continuo examen, pese a su condición de mero ornamento representativo.

El “affaire” Urdangarín replantea nuevamente la utilidad y necesidad de la corona, quizá más profundamente que nunca. Que no hay mucho que replantearse: todos y todas sabemos que la corona es completamente inútil, innecesaria, cara, antidemocrática, ilógica, irracional, etc… y su persistencia entra en gran medida en la inercia del “virgencita que me quede como estoy” de una España y unos españoles y unas españolas temerosos y temerosas de un pasado cruel y violento en aquellos periodos en que nos hemos sacudido esta corona llena de afiladas espinas borbónicas.

Los antecedentes de liberación del yugo borbón en la independencia de los pueblos americanos, y durante el “trienio liberal” de Riego y la II República (en gran medida también en la I República), así como las luchas dinásticas del s. XIX entre isabelistas (y descendientes) y carlistas (tres guerras carlistas) se ahogaron en la sangre de cientos de miles de hombres y mujeres del pueblo español; sangre que apuntamos pacientemente en la cuenta de los borbones y que debiera lubricar la corona para ir desenroscándola.

Del Tamayazo al Garzonazo: el camino de la apostasía del sistema

Corría mayo de 2003. En sus últimos días se celebraron las elecciones municipales y autonómicas por todos los rincones de las españas. Los resultados en Madrid dejaban al Partido Popular como vencedor, pero la suma de fuerzas de PSOE e Izquierda Unida, anunciada antes de las elecciones, les permitía gobernar bajo el mando del socialista Rafael Simancas. Eran los tiempos del autoritarismo estatal del pequeño Aznar; tiempos de Prestige, de sangre y petroleo en Irak y de ladrillazo por los cuatro costados de occidente. La historia lo contará bien, o no, pero por lo que auguraban y lo que ya sabemos, sobre todo eran tiempos de ladrillazo. El pacto salido de las urnas entre PSOE e IU amenazaba el pelotazo del cemento: IU quería la cartera de obras y prometía graves restricciones a la mano abierta del aznarismo con sus amiguetes (con derecho a roce) de la construcción . Y la amenaza surtió efecto: en la composición de la asamblea madrileña el nombramiento de la presidencia fue bloqueado por dos, sí dos, diputados del PSOE: Tamayo, varón y barbado, y Sáez, mujer e indemne en el recuerdo de la mayoría de aquella, su felonía. Tamayo y Sáez no apoyaron el nombramiento de la presidencia socialista de la asamblea y aseguraban que no apoyarían la investidura de Simancas como presidente madrileño. Revuelo mediático con el descombro de toda la mierda que rodeaba a la pareja Tamayo y Sáez: sus relaciones con la industria de la construcción, con la corrupción urbanistica… con el PP; en fin, un estercolero. Legalmente la Asamblea quedó en suspenso porque nadie podía obtener mayoría y se decidió nueva convocatoria de elecciones unos meses después. ¿Y quién ganó? Pues si no puedo a la primera, rompemos la baraja, repetimos, y listo… Esperanza Aguirre ascendida por el ladrillazo al poder madrileño. No me cabe duda alguna de que, de no haber ganado en este segundo intento, habría habido un tercero amparado en cualquier otro truco sucio… como sucio fue también el recuento de votos en la segundas elecciones que dejó para el final los barrios de extracción, digamos, acomodada, de tal forma que el ascenso de Espe fue demoledor en el segundo 50% del escrutinio.

Desde entonces han transcurrido poco más de 9 años. Particularmente hice un intento de apostasía democrática: el sistema era mentiroso y yo descreía activamente de él y no volvería a votar. No desgranaré ahora las características de un sistema bipartidista con graves carencias representativas, pero si damos un paso más y se compran diputados para derrocar gobiernos… ¿qué más queda? Pues eso, mirar para otro lado y no volver a votar. Como decía, era tiempo de guerras ilegales, de prestige y autoritarismo sin parangón; y de un atentado en Atocha que hizo mentir hasta el vómito a quienes les interesaba de la forma más espuria que su autoría fuera de ETA. Con todo eso mis pruritos con el sistema se aparcaron y acepté seguir votando.

Primeros meses de 2012. Tras una persecución implacable, el juez Baltasar Garzón acaba juzgado por hasta ¡3 causas distintas! (que no se les vaya a escapar), de la que la más sólida haría reir al jurista más inepto. Con solo unos días de diferencia la justicia española, en sus más altos cargos, deja indemne a Francisco Camps (expresidente de la Comunidad Valenciana por el Partido Popular) de las acusaciones de corrupción; por el contrario condena al Juez Baltasar Garzón a la inhabilitación para su trabajo y la ignominia de la negligencia en el mismo. Casualmente también, la condena a Garzón está oscuramente entrelazada con la liberación de Camps cuando la instrucción degradada del juez era acerca de la trama corrupta en la que se implicaba a Camps. Garzón es apartado por meter los dedos en los intestinos del poder: del formal, por atajar la corrupción presente en los círculos del poder administrativo y representativo; y del informal, por desentrañar las vergüenzas del franquismo en el que hunden su raíces parte de la política actual y más aún las grandes familias de los grandes grupos económicos, judicatura, ejército, corona, etc… que nadie les toque sus desvergüenzas.

Cuando salen indemnes los corruptos (supuestamente Camps), la justicia sufre pero no se tambalea. Pero cuando son perseguidos los inocentes (y sin duda Garzón lo es), entonces ya no hay excusa, no hay creencia en el sistema, no hay justicia. Solo queda espacio para el nihilismo y la apostasía del sistema.

Las parias hoy son conceptos demasiado grandes para mi boca: la justicia y la decencia.

Economía productiva

Partamos de lo general: la RAE define productividad como la “relación entre lo producido y los medios empleados, tales como mano de obra, materiales, energía, etc.” Ésta, la nuestra, es la sociedad que se autodenomina “del bienestar”, quizá por contraposición a las sociedades decimonónicas primoindustriales ejemplos de producción deshumanizada, o quizá también en contraposición a ese inmenso resto del 90% de la humanidad que sea cual sea su sociedad, no se puede describir como “del bienestar”.

En occidente lo más parecido que somos capaces de generar alrededor de la felicidad colectiva es esa “sociedad del bienestar” apoyada en la comunización de servicios básicos (educación, sanidad, ¿dependencia?), es decir, en la solidaridad “pactada” entre clases (lo que viene a ser en boca empurada de los ricos: “¿os dejamos esto -sanidad, educación…- y os calláis?”, a lo que los pobres contestan “no pedimos más, aunque sea nuestro; os dejamos tranquilos”; también conocido como “Paz Social“). Pues bien, cuando deberíamos hablar de esa felicidad colectiva, de como perpetuarla y ampliarla independientemente del curso de los tiempos: el reparto equitativo, la igualdad, la solidaridad con la dependencia, los derechos sociales, etc… sin embargo damos pábulo a un término que inunda nuestra dialéctica social: la productividad. Como en aquellas fábricas Dickensianas del s. XIX, vuelve a situarse en el centro de todo el sistema (si es que no ha sido siempre así) el producto, la producción, el (los) mercado(s), la oferta y la demanda… con una diferencia: ahora también los proletarios y las proletarias defendemos esa dialéctica, la comprendemos (pobre empresario, tiene que echarnos porque no somos productivos), nos asimilamos a su destino y lo hacemos propio. Hemos dado con la piel más dura del capital, la menos maquillada: el capital crudo, sin almíbares del estado del bienestar… y ahora el capital somos todos y todas.

Pero acabemos en lo concreto: Una última esperanza, la izquierda, digamos que “real” o “no capitalista”, Izquierda Unida, se expresaba hace unas mañanas en La SER en palabras de su coordinador general y candidato a las próxima elecciones, Cayo Lara, como podría hacerlo cualquier otro u otra profesional del sistema: “hay que reducir la deuda pública, que los comunistas somos responsables”,…  vale sí, con otras recetas, pero guisando lo mismo y con los mismo medios: el capital… nada de romper las cazuelas, quemar los recetarios del pasado y pensar en guisar algo distinto. Y ojo, que entiendo la forma de hacer política “responsable” del señor Lara: pero yo necesito que me vendan esperanzas de una alternativa, aunque la alternativa implique cambios difíciles de asumir incluso por la mayoría; incluso aunque la alternativa sea mentira.

Que no me digan que el guiso se puede arreglar añadiendo jengibre y eneldo o cualquier otro condimento exótico. Que no me digan eso, porque entonces solo nos queda la revolución de los parias.

Los maquis del norte de África

Las revoluciones del África islámico, ideales e idealizables en Túnez y Egipto, han tenido su versión violenta en Libia, y ya veremos que pasa en Barhain, Yemen, Siria…

Gadafi es un esperpento de dictador, tan cómico y extravagante como desmedido y cruel. El pueblo rebelado contra su dictador expresa solo eso: revolución. No piensa en líderes ni administraciones, no piensa en democracia ni teocracia, solo piensa en destruir su opresión y mejorar su estado: en un sentido solidario, para todos, y en un sentido egoísta, para mí. El pueblo libio no piensa en líderes ni en hacer política exterior, no ha compuesto un gobierno serio.

El pueblo libio son como los maquis desorganizados que quedaron en los en los montes españoles tras la derrota del pueblo en la Guerra Civil Española. Guerrillas sin concierto que atacaban periódicamente las fuerzas franquistas, ya instaladas en el poder, sin más interés que el de demostrar que la república aún vivía. Los maquis aguantaban tras su parapeto de piedra, bosque, peligro y exilio interior en espera de la potencia extranjeras. Esperaban la intervención de aquellos países que habían luchado contra el fascismo y vencido en la II Guerra Mundial, convencidos de que llevar la razón, tendría que valerles en algún momento. Los aliados derrotaron al fascismo, y frente a la URSS, ellos ocuparon el lugar de los nazis. El franquismo dejó de ser un aliado del nazismo, para convertirse, sin ningún cambio interior, en un régimen grato a la vista de las potencias de occidente. ¿Y los maquis? Dejaron de escuchar las emisiones de radio y perecieron uno a uno en las montañas peinadas por la guardia civil. Aunque realmente perecieron de pena por una justicia pisoteada, por una razón que daba igual poseer (Ver la película de Montxo Armendariz “Silencio roto“).

Los maquis del norte de África, sin orden ni concierto, sin ministros ni líderes fastuosos, esperaban imponer su gran carga de razón y justicia y atraer el beneplácito y las armas de occidente. Y Occidente mientras tanto, discutía si eran galgos o podencos. Y la razón cedió bajo los tanques del esperpento, dignamente comprados a Occidente con el sudor de los maquis.

En esto pensaba hace unas semanas, en estas relaciones de maquis del pasado y del presente, antes de la intervención “a lo loco” de Occidente, auspiciada por la ONU, cuando Gadafi se descolgó con “…voy a entrar en Benghazi como Franco entró en Madrid”. El esperpento reproducía mis pensamientos y los maquis del norte de África se convertían de repente en los maquis de la Sierra de Baza, dispuestos a no tener más destino que la masacre y el olvido.

Y una vez que Occidente responde parcialmente a la llamada de los maquis, quizá tarde y con los recursos inapropiados, quizá con el estigma de la guerra y no con los medios de la pacificación, quizá persiguiendo intereses occidentales y no libios; entonces no tengo claro que los maquis dejen de serlo y su destino deje de ser el mismo: la masacre y el olvido.

Veremos…

Histéricas y místicos, ¿histéricos y místicas?

– Diana ve una serpiente sagrada que la penetra;otras ven al Sagrado Corazón que las posee. Ver una imagen fálica o una imagen masculina dominante y ver a quien la violó en su infancia -me decía Du Maurier-, a veces, para una histérica es lo mismo. Quizás hayáis visto reproducidas en grabados , la santa Teresa de Bernini: no la distinguiríais de esta desventurada. Una mística es una histérica que ha encontrado a su confesor antes que a su médico.

El cementerio de Praga, Umberto Eco

A colación de la cita del libro de Eco (gran libro,  grandísimo autor), dos parias y un agravio comparativo.

Dos parias sociales muy serios: la enfermedad mental y la mujer. Foucault describió con erudición inalcanzable la evolución de “los locos” en la civilización occidental desde el medioevo hasta el s. XX; muy resumido: la locura como “fuente de verdad” medieval pasó a ser sinónimo de “pobreza” en la era moderna; más próxima al pecado capital de la “pereza” en el ámbito protestante y en los brazos de la “beneficiencia” en el católico, la locura fue encerrada en las cárceles y manicomios que unos siglos antes habían servido para las enfermedades de la vergüenza (transmisión sexual: gonorrea, sífilis…) y aun antes para la lepra. ¿Cómo los leprosarios tardo medievales se convirtieron en los manicomios del s. XVIII? Desgranado paso a paso en “La historia de la locura” de Foucault.

Y de la mujer como paria de esta y cualquier civilización, salvo aquellas mitológicas Amazonas, se puede escribir tanto… pero centrémonos en la enfermedad que cataloga y denigra a la mujer. En la cita del libro de Eco la histeria ya es una enfermedad (estamos a finales del s. XIX de Freud, de Charcot… de la psicología) teñida de represión masculina (machista), de sexualidad velada y espectral. Ese espectro masculino bien puede ser mundano y llevar a histeria, como divino y llevar a la mística; y los personajes de “El cementerio de Praga” se vanaglorian de su conocimiento de la psique simplona de la mujer frente a las creencias mitológicas del pasado: véase santa Teresa. La enfermedad, la histeria, lejos de tener un acercamiento científico, tiene una interpretación social y denigrante, una forma de insulto a la mujer.

Y el agravio comparativo: si bien la mística, a la sazón santa Teresa, es un ejemplo de histeria interpretada por el tamiz de la religión, ¿por qué no se analizan los místicos con el mismo criterio? ¿no son histriónicos también los poemas de san Juan de la Cruz, los sueños de Juan Bosco, las charlas de san josemaria escrivá de Balaguer o los tonti-milagros del Wojtila? ¿No es también el mito del cristianismo, el mismo cristo, un paradigma de enfermo mental (y el remedo de toda crisis psicótica moderna)?

Dos parias, la locura y la mujer; una paria mayor, la loca; y un triunfador: el místico, el dios, el santo,… el varón (ni histérico ni mujer).

África 1848

La Revolución: tantas veces nos ha engañado y sin embargo tantas veces nos vuelve a ilusionar. ¿Será un nuevo brindis al sol? Por qué no volvernos a ilusionar.

2011 se destapa como el año de las revoluciones, el 1848 del norte de África. Los medios de la revolución son distintos, contemporáneos, del s. XXI: las redes sociales, la inmediatez global, la denuncia: se fundamenta en hacer global la indignación local, como si asumiéramos que una injusticia puede ser reconocida y condenada por todos de forma transcultural. Esa es la declaración universal de derechos humanos: aquellas indignaciones que creemos que todos, absolutamente todos, pueden compartir. Los medios son distintos, pero no la causa: la opresión, el clasismo, la corrupción, la desigualdad… pero ¿también la ausencia de libertad?

Las exigencias se orientan siempre a la libertad, ¿pero quién carece de libertad? La libertad es proporcional a la igualdad. Los parias, mientras lo sean, no serán nunca libres. La libertad tiene sentido entre iguales, y en Túnez y Egipto hay ciudadanos libres: hombres en las proximidades del poder corrupto. Si la reivindicación se queda en la libertad, algunos de los que ahora no lo son, alcanzarán esa libertad, pero los parias, los de siempre, permanecerán en su mismo estrato social: si no buscan la igualdad es absurdo buscar la libertad.

Y aquí mi preocupación: no observo mujeres en las calles tomadas de Túnez, Alenjandría, El Cairo… ¿es otra revolución de hombres para hombres? Cual es el objetivo ¿otra homocracia (el poder para los hombres)? Me ilusiona una revolución que inició un paria que se inmoló en Túnez, se contagió a todos sus conciudadanos, luego a Egipto y Yemen, y que hoy parece, se empieza a contagiar en Gabón y Sudán… me ilusiona pese a que estoy seguro que me decepcionará; pero ¿y las mujeres? No os quedéis atrás, sin vosotras no hay revolución, no hay igualdad.