Archivo de la categoría: Parias Triviales

Coherencia

La horda política del Partido Popular se compone de dos tribus de autodenominados liberales bien diferenciadas:

– Los y las que viven desde hace 20-30 años de cargos públicos electos o dedocráticos mientras conservan en la recámara una excedencia de un puesto funcionarial. Ejemplos distinguidos: Esperanza Aguirre (alabada por liberal hasta el vómito por un desquiciado-ingenuo Vargas Llosa), Mariano Rajoy…

– Los y las que no han dado palo al agua en su supuesta vida laboral, con cargos políticos orgánicos o públicos, electos o dedocráticos (más de estos últimos) cuando no heredados, desde que alcanzaron la mayoría de edad, bullidos en su mayoría desde las nuevas generaciones hasta el infinito y más allá. Ejemplos: Andreíta-que-os-jodan, Fátima Báñez… Estos y estas apenas saben si son liberales, conservadores o ex-marxistas (que también abundan en las filas del PP).

Lo mejor de la moraleja a la composición de las tribus es que de entre esos y esas autodenominados liberales que desprecian el trabajo público, las oposiciones y el estado grueso, los y las más meritados son los funcionarios en excedencia: también Aznar es funcionario (inspector de hacienda) en excedencia ¿con qué rostro piden ellos y ellas el adelgazamiento del estado?

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El coño cortado: el camino de vuelta

Apurado por el retraso. Atravesar la facultad, alcanzar las taquillas, el pijama y a la planta. Aún por el inmenso pasillo de la arista sur de la facultad de medicina, los cascos y la SER en los oídos, debió ser Iñaki Gabilondo quien anunció: se acaba de fallar el premio Nobel de literatura de este año (2004) en la escritora austriaca Elfride Jelinek, autora del la obra llevada al cine “La pianista”. Sonrisa súbita de estrañeza. Desconocía a la escritora, pero me había estremecido con la película “La Pianista”  del también austriaco Michael Haneke, solo unas horas antes, la noche anterior a este anuncio. He dicho estremecido por una obra agresiva, provocadora en lo formal, usando del sexo y sus variaciones más indigeribles como punta de lanza de esa provocación. Y estremecido ahora también, por esa conspiración sin autor que unía en el tiempo mi descubrimiento de “La pianista” y el reconocimiento histórico, con el Nobel, a su autora. Aún no siendo más que un cruce de sucesos que solo para mí tenían conexión, me fue inevitable la sensación de que el universo me hacía un guiño.

Pero, si perturbadora era esa pianista autobiográfica de Jelinek, el gran descubrimiento de aquella casualidad, no fue la austriaca sino su adaptador cinematrográfico: el magnífico Michael Haneke.

La forma anárquica con que fui descubriendo el cine me llevó años después al mil veces rehuído Bergman y sus “Gritos y susurros”. La descripción de un corsé moral asfixiante, la violencia implícita de las formas educadas, el miedo a tanta oscuridad encerrada en habitaciones inmensas, en vestidos barrocos, en los susurros moralizantes y los gritos desinhibidos. Cuanto debe “La cinta blanca” de Haneke a este antecedente bergmaniano. Y la personaje más rígida, más taimadamente violenta, se hace antecedente de “la pianista” con su morbosa masturbación con cristales, su automutilación genital pre-excitación, su sacrificio de piel, mucosas y dolor en aras del bien superior sexual, su coño cortado que repetiría en la película de Haneke Isabelle Huppert.

Bergman ya lo había hecho, y Haneke parece sólo un (buen) imitador. Ya nos había escandalizado a través de la transgresión sexual en los límites del corsé protestante… aunque es posible, que como yo, se descubra antes la influencia que la fuente.

El disco de vinilo: primer paria trivial

El disco de vinilo acompañó a la “democratización” de la música “menos popular” cuando ésta descendió de los conciertos de cámara elitistas a los populares conciertos en estadios. El vinilo acompañó al fenómeno fan y se llevó más o menos bien con un competidor más barato y que permitía hacer copias: la cinta de cassette. La cinta no competía, no pasaba de copia proletaria pero con graves distinciones.

Pero la industria musical le trazó una emboscada al vinilo y programó su muerte; tenían un sustituto, que no un competidor: el Compact Disc. Joven, novedoso, abría un nuevo nicho de negocio: la renovación de todos los reproductores. Convivieron en los 80, pero el plan era acabar con el vinilo en los primeros 90. Y no hubo competencia sino relevo: se desabasteció progresivamente el mercado del vinilo mientras el CD era el formato de edición de todo nuevo disco: el único. ¿Qué habría pasado si se les hubiese permitido competir en buena lid (esto suena a dialéctica capitalista… sea pues)?

El CD era más o menos similar en precio en el proceso de edición y en la capacidad de albergar y difundir música (esos 50-70 minutos). Obviemos el tamaño del vinilo, que lo compensaba sin problema la cinta. Los defectos del vinilo: el rayado, eran equiparables al CD, que también se rayaba, mientras el CD definía un gran problema: había que adquirir nuevos reproductores, y cambiar las costumbres y medios de muchas décadas. Un gasto en el nuevo formato desmesurado, injustificado, que no aportaba una mejora simétrica en la calidad de música adquirida… se intuye un gran negocio como causa.

Pues bien, si todas estas premisas son ciertas, entonces ¿por qué se forzó el cambio? ¿por qué se buscó y fraguó la muerte del vinilo? La respuesta parece fácil: el CD fue un gran hallazgo del mercado con valor corto-placista que permitió a la industria discográfica y los negocios aledaños recaudaciones ingentes devorando todo el camino andado y por andar del vinilo: se volvió a editar todo, absolutamente todo, en CD, porque lo exigía  la desaparición progresiva del formato anterior: el tocadiscos.

Pero como he dicho, el valor del CD fue corto-placista, y su victoria sobre el vinilo terminaría por ser pírrica. El desarrollo tecnológico en torno al CD, primero permitió copiarlo con la aparición de las primeras grabadoras: primer palo en el lomo de las discográficas que se encontraron a mediados-finales de los 90 con mercado progresivo de venta de CDs piratas. Todavía el negocio era amplio pero se oteaban negros nubarrones en el horizonte.

Las grabadoras bajaron progresivamente de precio, y en cada casa se empezó a instalar un pirata en potencia. Con el desarrollo informático y de Internet, el CD adquirió nuevos valores, y de ser un almacén de música, se convirtió en un almacén de datos varios; y mientras tanto, para la música se encontró también un nuevo formato: el mp3, y esta si fue la revolución definitiva, el segundo y definitivo palo en el lomo de las discográficas (o de su extensión social: las mal llamadas sociedades de autores, porque los intereses que defienden son los de las discográficas).

La música dejó de ser una estructura individualizada, de tener un formato único y propio, para convertirse en un dato más, como el texto, como la imagen, etc. y subyugable a las formas de almacenamiento comunes en el mundo informático. Los nuevos reproductores de música se podían adaptar a todas las circunstancias: el movil, relojes, reproductores de DVD, el coche, etc. Con esta conversión en dato de la música, es decir, en estructura polivalente, se desarrollan los programas y webs de intercambio por Internet en distintas generaciones, perfeccionándose y esquivando cuando fue necesario las trabas legales. Las discográficas vieron progresivamente arruinado su negocio en la medida en que el CD, su gran apuesta, había perdido la exclusividad y se había convertido en un genérico indomable a la disposición del más tonto pseudopirata doméstico.

La industria había perdido la partida: su CD ya era de todos, su apuesta por la que mataron al vinilo dejó de tener valor exclusivo porque este ya no contenía música sino datos, porque no tenía nada especial que no tuvieran los mp3 bajados en emule (salvo el precio, claro). Se embarcaron en arduas batallas legales con mucho más por perder que por ganar. Y en esas estamos.

Y mientras, el denostado vinilo, la víctima del mercado del negocio musical, de la industria discográfica, de la alienación cultural, se reía a carcajadas en su tumba de tiendas nostálgicas y artistas románticos que se atrevían y se atreven a salir al mercado con caros y poco demandados vinilos. ¿Habría acontecido el pirateo con el vinilo? Probablemente sí, pero el vinilo nunca habría sido reproducible de manera doméstica, con lo que jamás habría perdido parte de su amplio mercado, porque jamás habría perdido su valor intríseco.

Y quizá aún no sea tarde, porque en torno a la nostalgia, que siempre es un mercado pequeño, pero en este caso no tanto, se está generando un deseo romántico, en gran medida burgués y elitista, pero también en gran medida contestatario frente al intento alienante de las discográficas de imponer sus deseos de enriquecimiento desenfrenado: ¿por qué decidieron que el CD debía sustituir al vinilo? De aquellos polvos, les toca vivir ahora estos lodos.

El vinilo es un paria trivial: no es una persona ni un colectivo explotado o esclavizado por la libertad capitalista; pero sí es un ejemplo del poder de los mercados, de aquello que rige la democracia capitalista por encima de cualquier valor de libertad o igualdad: la libertad, sí, pero de mercados, de movimiento de capitales. Es un ejemplo de como el poder de una decisión cultural de gran calado, la de elegir el formato de difusión de la música, no recayó en gobiernos o representantes de la soberanía popular, sino en directivos de grandes multinacionales ávidos de lucro.

El paria vinilo nos demuestra cual es también la posible evolución del desaforado capitalismo: las multinacionales del disco encontraron su castigo en su propia ambición.

Bienvenido a los y las parias de la tierra camarada vinilo.